lunes, julio 15

Nadia o nadie | Economía

Para el Banco Europeo de Inversiones (BEI), Nadia o nadie. Tomemos prestado el juego de palabras que usó el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, para argumentar la ausencia de política económica de sus rivales. Sirva ahora para un objetivo transversal: o consigue la presidencia del BEI la actual vice Nadia Calviño, o no lo logrará ningún otro español. Pero antes de radiografiar si encaja, veamos si interesa.

Importa mucho. Primero, porque el BEI es la única institución financiera pública comunitaria contemplada desde el Tratado de Roma (1957): para impulsar el “desarrollo económico” (no solo “crecimiento”) y como palanca redistribuidora Norte-Sur. Ha sido contrapunto solitario al economicismo. Y palanca de la cohesión económica y social. El BEI ha financiado inversiones en infraestructuras, desarrollo urbano, economía verde. En cuantía creciente: hasta 72.500 millones en créditos en 2022 (de los que 9.961 millones en España, gran cliente y beneficiaria) para inversiones superiores al cuarto de billón de euros, sostenedoras de un millón de empleos.

Además del momento del nacimiento (1958, albores del Mercado Común), ese detalle siempre clave, destacan otros. Primero: su empuje bajo el mandato de Jacques Delors de la Comisión (1985-1995), que duplicó los fondos estructurales y promovió un endeudamiento digerible para financiar las grandes redes transeuropeas.

Segundo: la labor sustitutiva que desempeñó tras la Gran Recesión al desplome de la inversión privada (por anemia) y pública (por fácil de recortar o por fanatismo): el Plan Juncker de inversiones, incorporado al grupo, las multiplicó. En todos esos casos, gracias a una gestión rigurosa, dada su solidez financiera (el capital suscrito del banco alcanza 248.000 millones; goza de rating triple A, el de la inversión más segura) y su arraigo sociopolítico, pues sus créditos suelen cubrir solo un tercio de lo concedido por los gobiernos. El principio de cofinanciación se revela pilar en la construcción federal de Europa.

Tercero y principal, lo que vendrá. Como la reconstrucción de Ucrania será pronto la gran tarea exterior de la UE, aunque ahora apenas se le echen cuentas (disuasorias, pues superará el billón de euros), su instrumento principal será el BEI, sobre todo si prosiguen los recelos a nuevas mutualizaciones de deuda (eurobonos). Nadie discute la capacidad de endeudamiento del BEI: si acaso, debátase si le conviene un nuevo impulso, ambición y cilindrada. Que exigen un empeño político de largo alcance.

Y es ahí donde la experiencia de Calviño puede resultar benéfica, no solo para España —bien posicionada en la cartera crediticia de la entidad— sino para el conjunto de los Veintisiete. Recuerden los enseguida nostálgicos y los pescadores en río revuelto que toda candidatura a un puesto relevante en el organigrama europeo e internacional se ve favorecida si se fragua con el aspirante en posición de mando (y no de has been): fueron los casos paradigmáticos de Javier Solana y de Josep Borrell, y el de Rodrigo Rato (aunque este acabara tristemente).

Más aún si su balance se revela fructífero, como el de su último quinquenio al frente de la economía española, exitosa en casa y en la UE, donde apadrinó el Plan de Recuperación Next Generation y el pactismo con los halcones flexibles (la reciente Holanda) sobre reglas fiscales. Se lo reconocen Alemania, Francia, la Comisión, tutti quanti.

También la favorece la constatación de una férrea vocación por cursar una carrera pública internacional: la acreditó Calviño optando a directora gerente del FMI en 2019; ganando en primera vuelta la presidencia del Eurogrupo en 2020 (la perdió en segunda) y logrando la cabecera del Comité Monetario y Financiero del FMI en 2021.

Pavimentó esas apuestas rutilantes sobre una trayectoria profesional impoluta. Directora general de Presupuestos en la Comisión, fue antes directora general adjunta de Competencia, y de Servicios Financieros, ventajas técnicas sobre su cualificada rival, la danesa Margrethe Vestager.

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